EVENTOS OJEDA
Una vida con acordeón
A los 10 años conocí el acordeón gracias a un turista ecuatoriano que llegó al Santuario de las Lajas. Mi padre, al verlo en venta, no lo soltó hasta que lo hizo nuestro. Desde entonces, con “La Pollera Colorada”, “El Chulla Quiteño” y “La Comparsita” empecé un camino que jamás se detuvo.
El acordeón me acompañó en el colegio, me inspiró en la juventud y hoy, a las puertas de mis 60 años, sigue regalándome alegrías y satisfacciones. Es un instrumento único: con sus bajos y melodía se basta a sí mismo, y su sonido inconfundible enamora a quienes lo escuchan.
El acordeón me recuerda a mi niñez, me inspira a crear y me da la certeza de que, mientras lo tenga en mis manos, nunca estaré solo.
La música y el fútbol
La música y el comercio, al igual que el fútbol, han marcado mi vida de manera profunda. Desde mi padre heredé ese amor inmenso por el balón, por esos viajes y recuerdos que se viven dentro y fuera de la cancha. El fútbol no es solo un deporte para mí, es una pasión que me paraliza, que me detiene incluso en medio de lo que esté haciendo.
Cuando la pelota rueda, todo lo demás puede esperar. Me emociono, grito, vibro, porque el fútbol está en mi sangre, al igual que la música, que también me acompaña y me define. Ambas pasiones se entrelazan en mi vida como dos melodías que caminan juntas, dándome alegría, fuerza y sentido.
Una vida con el tambor
La percusión ha sido mi vida desde los 16 años. El tambor, con su fuerza y su ritmo, me enseñó que la música nace del corazón y se sostiene en el compás. Muchos no comprenden su verdadero valor, pero para mí lo es todo: es la base de la orquesta, el primer lenguaje que todo niño debería aprender en la música.
Con la percusión descubrí la maravilla de crear melodías y de mantener el ritmo en el alma. Tocar el tambor no es solo un arte: es una pasión que me acompaña siempre, si vuelvo a nacer vuelvo a elegir al tambor también como mi socio musical.
PRODUCCIONES OJEDA
Cuando era niño, en el pueblo de Las Lajas, Nariño, mi padre me enseñó dos caminos que marcaron mi vida: la música y los negocios. Él fue músico, comerciante y también tallador de madera. De su arte en la madera poco aprendí, pero en la música y en el comercio encontré mi destino.
Recuerdo que, con apenas siete años, ya ofrecía productos en el pueblo, mientras al mismo tiempo mi padre me guiaba en los sonidos y los acordes que llenaban de vida nuestras tardes. Esa mezcla de venta y melodía, de negocio y música, me acompañó siempre.
Hoy muchos se preguntan: ¿cómo es que un músico trabaja en un supermercado? La respuesta es sencilla: porque mi padre me enseñó a amar ambos oficios. La música me dio alma, y el comercio me dio fuerza y constancia.
Por eso, lo que hago no es casualidad, es herencia, es vocación, es pasión. Trabajo de lunes a domingo, diez, doce horas, con la misma entrega con que toco una canción. Porque para mí todo se une: el arte de vender y el arte de hacer música. Y así vivo, así siento, así camino, con gratitud por lo que mi padre sembró en mí.


